Wednesday, October 9, 2013

Conmigo Mismo


Aurelio era un hombre de mediana edad, exitoso en los negocios, ingenioso para las palabras y con una amante. En estos asuntos cardíacos,  siempre había procedido con la mayor cautela, lugares apartados,  horas improbables y una lista de excusas y coartadas a prueba de balas. Su posición en la sociedad era muy reconocida, más ahora que estaba postulando a un cargo público en la pequeña ciudad en la que vivían. Su esposa, hija de un apellido ilustre, se dedicaba por entero a las manualidades que le habían hecho una trayectoria artística sumamente popular entre las doñas de su misma generación y estrato social. Entre pinturas sobre tela, bordados primorosos y manualidades con yeso, Mercedes había criado a dos hijos, doctor a punto de graduarse el primero y aspirante de arquitecto el segundo. Ninguno de los dos había seguido el legado paterno de importación y comercio, ya que las habilidades innatas de negociación y los dones del convencimiento de su padre no fueron parte de su herencia y prefirieron – con mucho acierto – salir a encontrar sus propias inclinaciones y destinos.

Con toda su vida correctamente estructurada, parte del atractivo de conseguirse una amante es lo prohibido, el gran riesgo que revive la emoción infantil de hacer travesuras y de salirse con la suya.

/“Una aventura, es más bonita,
si aquellas rosas prohibido saber
quien las regaló”/

pasó cantando esa mañana de abril por los corredores de la oficina, dedicando un guiño cómplice hacia la sonrisa coqueta con la que le respondían detrás del escritorio.

Daniela era secretaria de la oficina de Representaciones Pesantez Morales por un poco más de seis meses. Con lugar a dudas, pero con pocas de ellas, su escasa cintura le había procurado la posición de secretaria comercial, función que fue creada dentro de la empresa debido a sus “evidentes habilidades administrativas y su amplia experiencia con el manejo de personal de ventas”. Por su parte, ella cumplía usando ropa cada vez más reveladora y cabello cada vez más rubio. Las compañeras de oficina, a las que nada se les escapaba, miraban sus poses, sus actitudes y lo adivinaban todo, sobre todo en los días en los que salía temprano con el pretexto de “terminar el trabajo desde la casa”.

Para el mediodía de dicho abril,  Don Aurelio regresó a su escritorio para preparar las estrategias de su tan ansiada campaña electoral, cuando la secretaria comercial irrumpió en sus pensamientos abriendo la puerta de improvisto.

- ¿Cómo está, Don Aurelio?, ¿cómo ha amanecido? Perdone que le interrumpa, solo quería saber si podemos dedicar un momentito para revisar las comisiones para el área de ventas? Este mes han sido particularmente buenas, creo que hay que premiar al equipo comercial por el excelente desempeño que han tenido… tengo algunas ideas sobre lo que podemos hacer... A propósito, muchas gracias por el ramo de flores, usted si sabe como halagar a una mujer,- lo dijo mientras se sentaba lentamente frente al escritorio de Aurelio, haciendo evidente su escote de piel morena detrás del brevísimo cardigan de hilo blanco.

- Creo que tantas atenciones deben ser correspondidas, jefe. Y me encantaría demostrarle mi aprecio, pero ya no quiero que nos veamos tan de vez en cuando ni tan tarde en la noche, que estoy muy cansada después de trabajar todo el día… quiero que demuestre lo importante que soy para usted. Vamos a nuestro lugar al mediodía.-

Aurelio siempre había mantenido su postura de hombre importante y en total control de la situación, pero, - la primavera, sería – lo tenía sudando detrás de su gigante escritorio de roble.

- Eh.. no tiene de qué, Señorita Daniela, usted se merece todas las rosas, pero este día en particular tengo muchas cosas que preparar, está el cierre de mes, la campaña, usted sabe,- dijo con un poco de vacilación que ella supo interpretar a la perfección.

- Yo solo sé que las cosas seguirán aquí cuando regresemos. En cambio, hay asuntos que no deberían esperar- se le oyó decir a Daniela con un guiño de ojo. Acto seguido se levantó con dirección a la puerta, revelando la mejor de sus poses y dejando a un Aurelio sin palabras.

Nuevamente solo frente a sus papeles, Aurelio ya no supo concentrarse, prendió la computadora, buscó unos papeles sólo para darse cuenta que no los necesitaba. Ese momento supo que el juego ya había ido demasiado lejos, pero no tuvo la voluntad para dejar de jugarlo otra vez. Hizo un par de llamadas de logística, se arregló la camisa, el poco pelo que le quedaba y salió de su oficina.  Pasó por el corredor y en voz alta, para que la jefe de área escuchara,  pidió a Daniela:
- Señorita Daniela, acabo de hablar con nuestro proveedor más importante y tiene dudas con respecto a la última liquidación que le enviamos. Por favor acompáñeme de urgencia a sus oficinas y traiga el archivo de facturas.-

- Por supuesto, Doctor,- dijo Daniela.  Ni corta ni perezosa, alcanzó la primera carpeta que estaba cerca y siguió a Aurelio hacia el parqueadero con una inconfundible sonrisa de picardía.

Ese medio día fue memorable. Nada enloquecía más a Aurelio que este juego de seducción. Las ropas en el piso, el ventilador encendido y su corazón latiendo apresuradamente lo hacían sentir nuevamente un Don Juan, capaz de todas las hazañas amorosas y protagonista de todas las historias galantes que de él se contaban. Ahhh, nuevamente era Aurelio, El Conquistador.  Mientras recuperaba su respiración, se echó de espaldas a mirarse en el techo de espejos. Las astas se sucedían de manera intrascendente y pensó en lo que estaba haciendo. A veces venía este sentimiento de culpa luego de haberse dado semejante gusto. Pensó en su familia, en su carrera y en cada uno de los riesgos que estaba corriendo por haber prestado oídos a sus deseos y al instinto que a todos nos habla en alguna ocasión. Pensó en su esposa Mercedes  y en la mirada que le lanzaría si lo viera en esta vergonzosa posición, siendo arrastrado por el ansia y por el curvilíneo cuerpo recostado a su costado. ¿Es posible serte infiel pero serte leal? – preguntó a su reflejo cubierto por una sábana lavada cientos de veces. Se sintió pequeñito e inmediatamente se levantó de la cama.                                                                                                            

Casi sin hablar, pero en perfecta coordinación, la pareja se vistió y se apresuró a salir del motel. Este sitio en particular, se halla alejado de la ciudad, en un lugar al norte en el que se encuentran únicamente fábricas y locales de dudosa – sin lugar a dudas – reputación.

Aurelio se subió pensativo al coche y Daniela a su lado, apresurada y arreglándose el pelo, sin mayores esperanzas de que regresara a su estado original. En esas se encontraban cuando al salir del parqueadero hacia la avenida principal, un lujoso SUV azul oscuro casi les choca de lado. Con el rabo del ojo, Aurelio logró mirar al conductor con primitiva furia que se transformó en auténtico pavor, cuando se dio cuenta que era el auto de la mejor amiga de su esposa, el auto nuevo de su compadre Arturo.

Horror. Tragedia. Angustia. Aurelio no alcanzaba a pensar en nada más mientras apretaba las manos sobre el volante. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? Miró por el retrovisor y alcanzó a ver al auto azul, aun detenido a un lado del camino, como reponiéndose del sobresalto. Imposible haber pasado desapercibido. Siguió manejando en silencio sin destino por unos larguísimos segundos, cuando la voz que estaba a su lado hablando sin parar, de repente se hizo audible, estruendosa.

- ¡Don Aurelio, casi nos mata esa loca y usted no dice ni una palabra!, deberíamos regresar y hacerle saber con quienes se ha metido…-

Aurelio sintió entonces un hilillo frío por su espalda y detuvo el auto en la primera recta que la nueva ley de tránsito le permitió.

- Señorita Daniela – dijo con firmeza – le voy a pedir que se baje aquí y que regrese a la oficina para que recoja sus cosas. Está despedida. - dijo a la par que se inclinaba para cerrar de sopetón la puerta del lado del pasajero. Pobre Daniela, se quedó con sus carpetas en una esquina alejada de la ciudad, mientras Don Aurelio aceleraba por el camino contrario.

Sorteando el intenso tráfico de medio día e ignorando más de un semáforo, llegó hasta su casa en menos de diez minutos. Se bajó de su auto, se compuso lo mejor que pudo, respiró hondo y entró por la puerta trasera. Ahí la encontró, en la cocina, recién llegada de la peluquería y sacando del horno los bocaditos que serviría esa noche de barajas a sus compadres. Estaba preparando la decoración cuando entró calladito Aurelio y la rodeó con sus brazos. Empezó a besarla por el cuello, le habló un par de tonterías románticas y subidas de tono al oído, con su mejor voz de lujuria. Le dijo que la había pensado todo el día, que no encontraba la hora de salir de esa oficina aburrida y que a pesar de los años, la seguía deseando como el primer día.

Sin dejar de besarla y recorrerla con sus manos, Aurelio la fue sacando de la cocina y dirigiéndola hacia el auto mal estacionado en el frente de la casa. Mercedes sonreía, se sentía halagada y entretenida con esta actitud juguetona de su esposo. Se dejó llevar entre excusa y excusa, - que la comida, que su maquillaje, que la casa - hacia la puerta. Un timbre de teléfono la distrajo, era su celular que sonaba con tono urgente. Quiso regresar por él hacia su dormitorio, pero la mano grande de su esposo la retuvo. - Hay cosas que no deben esperar,- le dijo y la subió al auto.

Dos horas más tarde, los esposos Pesantez regresaban a su casa tomados de las manos. Regresaron riendo como víctimas de un ataque de gas hilarante.  Parecían más jóvenes, más animosos, más atractivos. Entraron en su casa como se entra a las casas propias, - por la cocina -, en donde les esperaba su hijo menor.
- ¿Cómo es posible que hayan desaparecido sin decir nada?- Les preguntó, visiblemente enfadado y extendió a Mercedes el móvil que indicaba varias llamadas perdidas.

- Los teléfonos celulares se hicieron para llevarlos, no para dejarlos olvidados en la casa. Mamá, tu comadre te ha llamado unas 10 veces por lo menos. Dice que es urgente y que le devuelvas la llamada.-

Entre risa y risa, subió juguetonamente a su habitación para hablar con más libertad. Marcó el número de su amiga.

- ¿Gracielita? ¿Me llamaste? Perdona, yo no sé donde dejo las cosas, mi hijo tiene razón con eso de que nunca me llevo el celular. Si vienen para la casa hoy noche? -

Graciela tragó en seco al otro lado de la línea y se le oyó decir en un tono muy serio:

- ¿Dónde te habías metido? Te he estado llamando desde el mediodía, porque hay algo que tengo que contarte. Perdona amiga que me meta en tu vida privada, pero hoy vi el auto de tu marido cuando iba camino al taller, por el norte. ¡Estaba en uno de esos moteles! No puedo creer que Aurelio, que es tan serio, tan prudente, esté metido en semejante inmoralidad. Te aviso Merceditas para que estés al tanto y no vayas a ser la última en enterarte. -

Graciela esperaba ser el paño de lágrimas de su amiga traicionada, pero casi se cae de espaldas cuando oyó en su teléfono una risa larga y sonora. Una risa con ganas.

- Perdona Graciela, perdona que me ría con lo que me dices, pero te tengo que contar lo que pasó hoy. Hoy vino mi marido temprano a la casa luego de una reunión y estaba tan ansioso que me convenció y prácticamente me arrastró a uno de esos moteles. Alguna vez le había comentado que me gustaría conocer alguno y las cosas se dieron justo hoy. No te digo detalles, pero fue fabuloso, como si fuera la primera vez. Tranquila, Gracielita, que es verdad que Aurelio estaba en ese motel, pero era conmigo misma.-

Todos los relatos son reales. Todos menos uno. 

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