Aurelio era
un hombre de mediana edad, exitoso en los negocios, ingenioso para las palabras
y con una amante. En estos asuntos cardíacos, siempre había procedido con la mayor cautela,
lugares apartados, horas improbables y
una lista de excusas y coartadas a prueba de balas. Su posición en la sociedad
era muy reconocida, más ahora que estaba postulando a un cargo público en la
pequeña ciudad en la que vivían. Su esposa, hija de un apellido ilustre, se
dedicaba por entero a las manualidades que le habían hecho una trayectoria
artística sumamente popular entre las doñas de su misma generación y estrato
social. Entre pinturas sobre tela, bordados primorosos y manualidades con yeso,
Mercedes había criado a dos hijos, doctor a punto de graduarse el primero y
aspirante de arquitecto el segundo. Ninguno de los dos había seguido el legado
paterno de importación y comercio, ya que las habilidades innatas de
negociación y los dones del convencimiento de su padre no fueron parte de su
herencia y prefirieron – con mucho acierto – salir a encontrar sus propias
inclinaciones y destinos.
Con toda su
vida correctamente estructurada, parte del atractivo de conseguirse una amante
es lo prohibido, el gran riesgo que revive la emoción infantil de hacer
travesuras y de salirse con la suya.
/“Una aventura, es más bonita,
si aquellas rosas prohibido saber
quien las regaló”/
pasó cantando esa mañana de
abril por los corredores de la oficina, dedicando un guiño cómplice hacia la
sonrisa coqueta con la que le respondían detrás del escritorio.
Daniela era
secretaria de la oficina de Representaciones Pesantez Morales por un poco más
de seis meses. Con lugar a dudas, pero con pocas de ellas, su escasa cintura le
había procurado la posición de secretaria comercial, función que fue creada
dentro de la empresa debido a sus “evidentes habilidades administrativas y su
amplia experiencia con el manejo de personal de ventas”. Por su parte, ella
cumplía usando ropa cada vez más reveladora y cabello cada vez más rubio. Las
compañeras de oficina, a las que nada se les escapaba, miraban sus poses, sus
actitudes y lo adivinaban todo, sobre todo en los días en los que salía
temprano con el pretexto de “terminar el trabajo desde la casa”.
Para el
mediodía de dicho abril, Don Aurelio
regresó a su escritorio para preparar las estrategias de su tan ansiada campaña
electoral, cuando la secretaria comercial irrumpió en sus pensamientos abriendo
la puerta de improvisto.
- ¿Cómo
está, Don Aurelio?, ¿cómo ha amanecido? Perdone que le interrumpa, solo quería
saber si podemos dedicar un momentito para revisar las comisiones para el área
de ventas? Este mes han sido particularmente buenas, creo que hay que premiar
al equipo comercial por el excelente desempeño que han tenido… tengo algunas
ideas sobre lo que podemos hacer... A propósito, muchas gracias por el ramo de
flores, usted si sabe como halagar a una mujer,- lo dijo mientras se sentaba
lentamente frente al escritorio de Aurelio, haciendo evidente su escote de piel
morena detrás del brevísimo cardigan de hilo blanco.
- Creo que
tantas atenciones deben ser correspondidas, jefe. Y me encantaría demostrarle
mi aprecio, pero ya no quiero que nos veamos tan de vez en cuando ni tan tarde
en la noche, que estoy muy cansada después de trabajar todo el día… quiero que
demuestre lo importante que soy para usted. Vamos a nuestro lugar al mediodía.-
Aurelio
siempre había mantenido su postura de hombre importante y en total control de
la situación, pero, - la primavera, sería – lo tenía sudando detrás de su
gigante escritorio de roble.
- Eh.. no
tiene de qué, Señorita Daniela, usted se merece todas las rosas, pero este día
en particular tengo muchas cosas que preparar, está el cierre de mes, la
campaña, usted sabe,- dijo con un poco de vacilación que ella supo interpretar
a la perfección.
- Yo solo sé
que las cosas seguirán aquí cuando regresemos. En cambio, hay asuntos que no
deberían esperar- se le oyó decir a Daniela con un guiño de ojo. Acto seguido
se levantó con dirección a la puerta, revelando la mejor de sus poses y dejando
a un Aurelio sin palabras.
Nuevamente
solo frente a sus papeles, Aurelio ya no supo concentrarse, prendió la computadora,
buscó unos papeles sólo para darse cuenta que no los necesitaba. Ese momento
supo que el juego ya había ido demasiado lejos, pero no tuvo la voluntad para
dejar de jugarlo otra vez. Hizo un par de llamadas de logística, se arregló la
camisa, el poco pelo que le quedaba y salió de su oficina. Pasó por el corredor y en voz alta, para que
la jefe de área escuchara, pidió a
Daniela:
- Señorita
Daniela, acabo de hablar con nuestro proveedor más importante y tiene dudas con
respecto a la última liquidación que le enviamos. Por favor acompáñeme de
urgencia a sus oficinas y traiga el archivo de facturas.-
- Por
supuesto, Doctor,- dijo Daniela. Ni
corta ni perezosa, alcanzó la primera carpeta que estaba cerca y siguió a
Aurelio hacia el parqueadero con una inconfundible sonrisa de picardía.
Ese medio
día fue memorable. Nada enloquecía más a Aurelio que este juego de seducción.
Las ropas en el piso, el ventilador encendido y su corazón latiendo
apresuradamente lo hacían sentir nuevamente un Don Juan, capaz de todas las
hazañas amorosas y protagonista de todas las historias galantes que de él se
contaban. Ahhh, nuevamente era Aurelio, El Conquistador. Mientras recuperaba su respiración, se echó
de espaldas a mirarse en el techo de espejos. Las astas se sucedían de manera
intrascendente y pensó en lo que estaba haciendo. A veces venía este sentimiento
de culpa luego de haberse dado semejante gusto. Pensó en su familia, en su
carrera y en cada uno de los riesgos que estaba corriendo por haber prestado
oídos a sus deseos y al instinto que a todos nos habla en alguna ocasión. Pensó
en su esposa Mercedes y en la mirada que
le lanzaría si lo viera en esta vergonzosa posición, siendo arrastrado por el
ansia y por el curvilíneo cuerpo recostado a su costado. ¿Es posible serte
infiel pero serte leal? – preguntó a su reflejo cubierto por una sábana lavada
cientos de veces. Se sintió pequeñito e inmediatamente se levantó de la
cama.
Casi sin
hablar, pero en perfecta coordinación, la pareja se vistió y se apresuró a
salir del motel. Este sitio en particular, se halla alejado de la ciudad, en un
lugar al norte en el que se encuentran únicamente fábricas y locales de dudosa
– sin lugar a dudas – reputación.
Aurelio se
subió pensativo al coche y Daniela a su lado, apresurada y arreglándose el
pelo, sin mayores esperanzas de que regresara a su estado original. En esas se
encontraban cuando al salir del parqueadero hacia la avenida principal, un
lujoso SUV azul oscuro casi les choca de lado. Con el rabo del ojo, Aurelio
logró mirar al conductor con primitiva furia que se transformó en auténtico
pavor, cuando se dio cuenta que era el auto de la mejor amiga de su esposa, el
auto nuevo de su compadre Arturo.
Horror.
Tragedia. Angustia. Aurelio no alcanzaba a pensar en nada más mientras apretaba
las manos sobre el volante. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? Miró por el
retrovisor y alcanzó a ver al auto azul, aun detenido a un lado del camino,
como reponiéndose del sobresalto. Imposible haber pasado desapercibido. Siguió
manejando en silencio sin destino por unos larguísimos segundos, cuando la voz
que estaba a su lado hablando sin parar, de repente se hizo audible,
estruendosa.
- ¡Don
Aurelio, casi nos mata esa loca y usted no dice ni una palabra!, deberíamos
regresar y hacerle saber con quienes se ha metido…-
Aurelio
sintió entonces un hilillo frío por su espalda y detuvo el auto en la primera
recta que la nueva ley de tránsito le permitió.
- Señorita
Daniela – dijo con firmeza – le voy a pedir que se baje aquí y que regrese a la
oficina para que recoja sus cosas. Está despedida. - dijo a la par que se
inclinaba para cerrar de sopetón la puerta del lado del pasajero. Pobre
Daniela, se quedó con sus carpetas en una esquina alejada de la ciudad,
mientras Don Aurelio aceleraba por el camino contrario.
Sorteando el
intenso tráfico de medio día e ignorando más de un semáforo, llegó hasta su
casa en menos de diez minutos. Se bajó de su auto, se compuso lo mejor que
pudo, respiró hondo y entró por la puerta trasera. Ahí la encontró, en la
cocina, recién llegada de la peluquería y sacando del horno los bocaditos que
serviría esa noche de barajas a sus compadres. Estaba preparando la decoración
cuando entró calladito Aurelio y la rodeó con sus brazos. Empezó a besarla por
el cuello, le habló un par de tonterías románticas y subidas de tono al oído,
con su mejor voz de lujuria. Le dijo que la había pensado todo el día, que no
encontraba la hora de salir de esa oficina aburrida y que a pesar de los años,
la seguía deseando como el primer día.
Sin dejar de
besarla y recorrerla con sus manos, Aurelio la fue sacando de la cocina y
dirigiéndola hacia el auto mal estacionado en el frente de la casa. Mercedes
sonreía, se sentía halagada y entretenida con esta actitud
juguetona de su esposo. Se dejó llevar entre excusa y excusa, - que la comida,
que su maquillaje, que la casa - hacia la puerta. Un timbre de teléfono la
distrajo, era su celular que sonaba con tono urgente. Quiso
regresar por él hacia su dormitorio, pero la mano grande de su esposo la
retuvo. - Hay cosas que no deben esperar,- le dijo y la subió al auto.
Dos horas
más tarde, los esposos Pesantez regresaban a su casa tomados de las manos.
Regresaron riendo como víctimas de un ataque de gas hilarante. Parecían más jóvenes, más animosos, más
atractivos. Entraron en su casa como se entra a las casas propias, - por la
cocina -, en donde les esperaba su hijo menor.
- ¿Cómo es
posible que hayan desaparecido sin decir nada?- Les preguntó, visiblemente
enfadado y extendió a Mercedes el móvil que indicaba varias llamadas perdidas.
- Los
teléfonos celulares se hicieron para llevarlos, no para dejarlos olvidados en
la casa. Mamá, tu comadre te ha llamado unas 10 veces por lo menos. Dice que es
urgente y que le devuelvas la llamada.-
Entre risa y
risa, subió juguetonamente a su habitación para hablar con más libertad. Marcó
el número de su amiga.
- ¿Gracielita?
¿Me llamaste? Perdona, yo no sé donde dejo las cosas, mi hijo tiene razón con
eso de que nunca me llevo el celular. Si vienen para la casa hoy noche? -
Graciela
tragó en seco al otro lado de la línea y se le oyó decir en un tono muy serio:
- ¿Dónde te
habías metido? Te he estado llamando desde el mediodía, porque hay algo que
tengo que contarte. Perdona amiga que me meta en tu vida privada, pero hoy vi
el auto de tu marido cuando iba camino al taller, por el norte. ¡Estaba en uno
de esos moteles! No puedo creer que Aurelio, que es tan serio, tan prudente,
esté metido en semejante inmoralidad. Te aviso Merceditas para que estés al
tanto y no vayas a ser la última en enterarte. -
Graciela
esperaba ser el paño de lágrimas de su amiga traicionada, pero casi se cae de
espaldas cuando oyó en su teléfono una risa larga y sonora. Una risa con ganas.
- Perdona
Graciela, perdona que me ría con lo que me dices, pero te tengo que contar lo
que pasó hoy. Hoy vino mi marido temprano a la casa luego de una reunión y
estaba tan ansioso que me convenció y prácticamente me arrastró a uno de esos
moteles. Alguna vez le había comentado que me gustaría conocer alguno y las
cosas se dieron justo hoy. No te digo detalles, pero fue fabuloso, como si
fuera la primera vez. Tranquila, Gracielita, que es verdad que Aurelio estaba
en ese motel, pero era conmigo misma.-
Todos los relatos son reales. Todos menos uno.
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