Wednesday, October 23, 2013

Victoria


La esposa del apuesto Doctor Alberto Valladares del Castillo. La mujer del año, elegida por las damas de la Junta de Beneficencia. La presencia más repetida en todos los brindis y reuniones de la crema y nata de la ciudad porteña. Esa era Victoria. Esa y muchas más fue, para su marido, para la sociedad y para el hombre por el que ella hubiera dejado todo.

La presencia de Victoria había sido requerida por la primera dama de la república como una colaboración especial en la elaboración de las políticas sociales. Específicamente sobre el mejoramiento de las condiciones de la infancia desamparada, tema en el que se había entregado por completo desde su juventud. Su obra era un referente para las fundaciones y organismos de ayuda que operaban en el país, por los magníficos resultados que su trabajo había logrado. Tenía todo el tiempo y la energía necesarias porque el universo no le concedió lo que había anhelado. Victoria no podía tener hijos.

Intentaron por pocos años y finalmente se dieron por vencidos, frente a la incomodidad de acudir a un especialista en un problema del que los estudios e investigaciones estaban apenas en pañales. Temiendo en el fondo, interrumpir la activa vida social que llevaban, el Doctor Valladares declaró que la entrega de su familia a la sociedad y a la patria requería de todo su tiempo y atención. Ella lo aceptó sin rechistar, como se esperaba que lo hiciera.

Para subir a la Sierra y llegar al Palacio de Gobierno, necesitaba nuevos pares de zapatos y vestuario apropiado para la ocasión y el clima. Llamó entonces a su amiga Isabel y le pidió ayuda. Por la tarde se encontraron en la zapatería mejor surtida de la ciudad.

Isabel era su amiga soltera, atractiva, con un cuerpo al que nunca le faltó insolencia ni pretendientes. Barajaba a sus amores como quería, con la esperanza de encontrar en uno de ellos su “As bajo la manga”, su pase al “gran mundo”. Esa tarde Isabel pidió a su nuevo amigo Rodolfo que las acompañase. Al conocer el cometido, Rodolfo accedió encantado a servir de compañía a damas tan hermosas e interesantes.

En cuanto Rodolfo se fijó en los pies de Victoria, la deseó de inmediato. Tenía una predilección casi profana hacia los pies de las mujeres, por lo que seguía con divertida atención su meticulosa búsqueda del zapato perfecto. Llegado el momento de probárselos, Rodolfo no podía disimular el ansia que le provocaba la desnudez de sus pies. Le parecieron como dos conejitos blancos buscando refugio. Como decía acerca de la belleza femenina, es más insinuante lo mucho que la ropa puede esconder ante lo poco que la piel puede enseñar.

La vio calzarse un par tras otro, admiró sus pies, se embelesó con sus tobillos y se alucinó con su sonrisa de satisfacción cuando encontró el par ganador. Sintió, en algún lugar desconocido de su alma, que ya la conocía desde el principio de los tiempos. No dudó en ponerse a las órdenes para trasladar por tierra a las amigas en su travesía hacia la capital.

Victoria salió muy elegante de su casa, con una falda anaranjada, un pañuelo de seda y con sus relucientes zapatos nuevos. Inició el viaje en el asiento delantero junto a Rodolfo, ya que Isabel conversaba alegremente con el amigo que llevó Rodolfo y que hizo la contribución del amplio Cadillac que los iba llevar más allá de las 10 horas que los separaban de las montañas.

Rodolfo miraba de reojo a la mujer del Doctor Valladares. Tenía una belleza que sin ser deslumbrante, era persistente en la memoria de quienes tenían el privilegio de compartir tiempo con ella. Su piel era delgada, pálida y perfecta, el marco ideal para sus ojos claros y mirada transparente.

Luego de varias horas de manejo, las parejas cambiaron de posición y ahora Rodolfo iba atrás con Victoria. Conversaron animadamente por las horas que les quedaron y así supo Rodolfo que a Victoria le encantaba leer y escribir poesía y que tenía especial predilección por los débiles y desamparados.

Rodolfo le habló sobre su infancia en la hacienda de su padre, sobre sus imposibles pero divertidísimas aventuras adolescentes y sobre la infinita ternura que le inspiraban los ojos de los animales. Victoria lo escuchaba entre absorta y encantada y sobre ese asiento de automóvil sintió por primera que el tiempo dejó su encierro de reloj y se transformó en sin fin de oportunidades de encontrar su propio reflejo en los ojos de la persona amada. Anocheció sin desearlo y de pronto las primeras luces de la ciudad les dieron el encuentro.

A regañadientes, pero pintado de sonrisas, Rodolfo consultó la dirección de la familia que recibiría por una semana a las ilustres visitantes. Sin mayor ceremonia, los nuevos amigos se despidieron en la puerta de entrada. Un beso en el dorso de la mano terminó con un viaje, pero inevitablemente inició otro.

El día siguiente, el salón amarillo de la casa presidencial recibió a una Victoria radiante. Vestida de alegría y calzada con la seguridad que da ponerse los zapatos perfectos, su sonrisa derretía el hielo en la reunión organizada por la primera dama.

Habían acudido representantes de las otras ciudades del país y de organizaciones de ayuda social, quienes oyeron atentamente el discurso preparado por Victoria. Fue tal el ímpetu con el que habló y a la misma vez, la dulzura de sus palabras, que los medios de comunicación alcanzaron a guardar para el recuerdo unas lágrimas disimuladas de la primera dama. Era uno de los momentos culminantes para Victoria, tenía admiración, fama, y reconocimiento público; sin embargo en los minutos que tuvo para disfrutar los aplausos, solo alcanzó a desear que Rodolfo la hubiera acompañado en su pequeño momento de gloria.

A la mañana siguiente, muy temprano, Rodolfo apareció en la casa que albergaba a Victoria con una deliciosa variedad de panes y frutas para el desayuno, acompañadas con la edición aún fresca del periódico del día. La fotografía de Victoria y de la Primera Dama ocupaba la página frontal de la edición de Sociales, seguida de la transcripción del emotivo discurso del día anterior.

- ¡Felicitaciones, Victoria!- exclamó Rodolfo mientras aprovechaba el momento y la abrazaba con los ojos cerrados. Desayunaron juntos, tomándose el tiempo para describir y comentar las experiencias y conversaciones vividas en las 30 horas en las que estuvieron separados. Fue un desayuno largo que duró hasta la hora de almorzar y salieron de la casa para encontrar un restaurante a su gusto.

Ningún lugar parecía agradarles. Victoria buscaba comida vegetariana oriental y Rodolfo quería probar mariscos y pescado. Finalmente prefirieron pasar por un mercado y comprar lo que hacía falta para cocinar en el departamento de Rodolfo, quien amablemente lo puso a disposición para el almuerzo.

Era una tarde de abril cualquiera, sin trascendencia aparente para la dinámica ciudad metropolitana.  Una tarde apacible, en la que la más elaborada descripción romántica sobraría a la sombra de las emociones indecibles de las manos entrelazadas, de la respiración agitada al unísono, de las miradas cómplices; Victoria y Rodolfo se miraron de una manera en la que no habían mirado a nadie más.

Otro día y otra noche no tardaron en llegar y el tiempo no demoró en irse del pequeño departamento y de su fascinante vista a las montañas. Desnudos frente al ventanal, Victoria y Rodolfo jugaron a hacer planes, a imaginarse viajes exóticos y a construirse casas con patio posterior. Tanto jugaron que la despedida los sorprendió de vuelta en el puerto, al pie de la Residencia Valladares.

- Hasta pronto, Rodolfo,- musitó Victoria, con la voz quebrada, evidentemente afectada pero con la pasividad de quien está acostumbrada a fingir serenidad. - Gracias por todo, por este viaje maravilloso que no olvidaré - dijo Victoria con palabras llenas de la esperanza de recibirlas de vuelta. Siempre detallista, sacó de su cartera un cofre pequeño de terciopelo con un llavero diseñado especialmente para ella en Italia. Su impulso de generosidad le pareció un gesto vulgar, pero inevitablemente depositó el obsequio en las manos de Rodolfo. Dijo algo relacionado con el tiempo compartido y con el recuerdo siempre presente. Con el corazón aún en la mano, se bajó del auto y entró a su casa de inmediato.

En su dormitorio la esperaba su marido, que la colmó de besos, de caricias y de elogios bien merecidos. Ella evitó mirar en sus ojos su propia tristeza y mientras desempacaba, le fue contando las experiencias que merecían ser contadas. Las otras las fue saboreando noche tras noche, en su cama, en su mente, en su vida.

Rodolfo también llegó a su casa, también recordó la luna sobre las montañas y también se acostó en silencio junto a su esposa dormida.

Rodolfo no dejó pasar mucho tiempo antes de ver a Victoria nuevamente. Una tarde de martes le envió una nota invitándola a un día de campo en las afueras de la ciudad. Victoria cuidó cada detalle como si fuera el servicio de un hotel de lujo. En una canasta elegante ordenó que colocaran vino, copas de cristal, cubiertos de plata, manteles de lino, la mejor vajilla. Llevó las viandas más finas y exquisitas que pudo encontrar y se arregló con impaciencia. Rodolfo estuvo por su casa a las doce en punto y en poco menos de una hora llegaron a un claro deshabitado, junto al río que atravesaba la todavía incipiente ciudad.

Los dos disfrutaron de los pequeños grandes lujos de un almuerzo en el campo y sobre todo de su ansiada compañía. Se pusieron al tanto de las últimas novedades domésticas mientras no paraban de sonreír y de tomarse las manos. En realidad se sentían en su propio paraíso a menos de 30 kilómetros de su cárcel. Hablaron de envejecer juntos, de construir la casa que habían soñado en ese mismo sitio, a la sombra del árbol, al borde del agua.

- Cambiaría todo lo que tengo por una sencilla casa al pie del río, sin avenidas, sin ruido, sin arrepentimientos; lejos de todo lo conocido, - dijo Victoria con la sinrazón de los enamorados.

- Empezar todo de nuevo…- meditó Rodolfo. - Una casa, una nueva vida, niños pequeños jugando en el patio y todo el tiempo para nosotros dos. Usted, Victoria, es el amor de mi vida, mi destino y mi historia.-

Victoria bajó la mirada. Nada la hubiera hecho más feliz que un par de niños jugando descalzos en el jardín. Sería un niño mayor y una niña, la niña tendría rizos dorados y la vestiría siempre de violeta, y se llamaría como ella. El niño sería fuerte y decidido, le gustaría jugar con el balón y cuidar a los animales desamparados como su padre. El dolor le nubló los ojos por un momento y empezó a llorar.

- Rodolfo -, se lamentó Victoria, - Eso no puede ser…….¡Yo no puedo tener hijos! -

Rodolfo pasó el resto de la tarde consolando a Victoria. Le acarició la cabeza, le tomó de las manos, le besó los labios con delicadeza y le juró su amor eterno. Cuando el sol empezó a bajar, emprendieron el regreso a la ciudad. Nuevamente, frente a la mansión Valladares, se despidieron. Hubiera parecido que para siempre. Rodolfo tomó la delicada mano blanca entre las suyas y la besó con pasión. Con pasión y con tristeza.

Es curiosa la capacidad humana para adaptarse a las circunstancias, a los eventos que marcan profundamente una vida, sin que el resto de semejantes se de por enterado. Victoria y Alberto se veían mejor que nunca, se los encontraba en todos los eventos de la alta sociedad y año tras año se referían a ellos como la pareja modelo. Coincidencialmente, el Doctor Valladares se encontraba organizando el banquete de celebración de la premiación de su esposa con el galardón “Mujer del año” que otorgaba el Alcalde cada 24 de abril. Alberto estaba esperando el elevador al pie del moderno “Edificio Valladares”, cuando vio acercarse a Rodolfo que acudía a realizar una gestión de negocios.

- ¡Don Rodolfo, qué gusto verlo! - le dijo tan efusivamente como pudo, mientras le estrechaba ambas manos con calidez. Las familias de Rodolfo y Alberto se conocían desde hacía varias generaciones y aunque no conservaron una amistad estrecha, sabían muy bien quién era quién en la ciudad. Dadas las circunstancias del pasado, Rodolfo había evitado cualquier acercamiento con la Familia Valladares, hasta ese fortuito encuentro en un elevador.

- Tanto gusto, Don Alberto,- le respondió Rodolfo con cortesía, -¿Cómo está la familia?-

- ¡Estupendamente! - le sonrió el Doctor. - Casualmente me encuentro haciendo los preparativos para la fiesta. Se habrá enterado que mi esposa Victoria será premiada por el Alcalde,- preguntó inquisitivamente.

- Por supuesto,- mintió Rodolfo, -es un orgullo para todos.-

- Mire, Rodolfo, - comentó Alberto por lo bajo, - no hemos sido muy amigos, pero nos sentiríamos honrados si es que usted nos puede acompañar la noche del viernes en nuestra casa.- Rodolfo abrió disimuladamente los ojos y ensayó una disculpa apresurada para no asistir.

- De ninguna manera,- insistió Alberto, - esas gestiones pueden esperar, éste es un evento muy importante y no acepto un no por respuesta. Nos vemos el viernes, estimado Rodolfo.- Diciendo esto, Alberto se bajó en el piso 15.

Cuando Rodolfo le contó a su esposa la escena del elevador, se puso sumamente contenta. Luego del almuerzo se puso a organizar su armario y a escoger el atuendo perfecto para la ocasión. Preparó sus mejores joyas, buscó su mejor cartera, y por supuesto, salió a comprar zapatos nuevos.

Llegó triunfal el viernes de Victoria. Desde la mañana, La Alcaldía presentaba el movimiento inusitado de los días especiales. Gente corriendo, funcionarios apurados, reporteros buscando el mejor sitio para cubrir el evento. Victoria se veía radiante, llevaba el pelo recogido y la mirada iluminada por el reconocimiento público a su labor y esfuerzo. Estaba complacida y compartió su premio con generosas sonrisas que regaló a todos quienes le acompañaron en el festejo. Incluso a Rodolfo y su esposa, quienes se acercaron a felicitarla durante la recepción.

Las dos damas elegantes se saludaron con educado afecto y en poco tiempo charlaron con vivo interés sobre los temas sociales que tanto apasionaban a Victoria. Victoria la miró a los ojos durante toda su charla, quería ver a profundidad, llegar hasta el fondo de las preguntas que se quedaron a vivir en su cabeza, preguntas sobre el deseo, sobre el olvido, sobre la vida, sobre las promesas. Preguntas sobre el amor. Pronto, la conversación derivó en temas mundanos y hablaron de mil y un cosas que pueden tener en común dos elegantes amas de casa. Victoria le escuchó hablar de sus hijos con mucho orgullo, un niño y una niña que eran el vivo retrato de su padre. Abrió su cartera para mostrar que las fotos no hacían justicia a la belleza de sus pequeños y sacó un hermoso llavero de diseño italiano – regalo de su esposo – al que le había adaptado las fotos de sus tesoros.

Las miradas de Victoria y Rodolfo se cruzaron fugazmente. Las miradas contienen lo que los silencios no pueden contener y las palabras no alcanzan a declarar. En todo caso fueron miradas definitivas.

Once meses después, Rodolfo recibió una escueta nota escrita a mano sobre un fino papel que procedía del escritorio del Doctor Valladares del Castillo. La nota decía simplemente: “Victoria necesita verlo, venga de urgencia esta tarde a la habitación 402 del Hospital Británico. Con aprecio, Alberto”.  Rodolfo releyó la nota, le intrigaba este giro inesperado y sobre todo esta urgencia con que el Doctor lo citaba, sobre todo esta relación con Victoria. Con Victoria a quien había herido tanto como había amado. Arregló los asuntos más importantes de la oficina, se colocó su sombrero negro y salió hacia el hospital.

Cuando llegó al cuarto piso y a la habitación 402, le extrañó que no hubieran ventanas y que las paredes tuvieran un decaído color amarillo. Yacía Victoria en la camilla de la que salían tubos y cables conectados a maquinas incomprensibles e inútiles. Sus ojos, una vez llenos de vida, lo miraban atormentados y con la indeterminación de los muertos en vida. Victoria estaba apagándose, víctima de un cáncer fulminante que le había robado el color de su cuerpo y hasta sus últimos suspiros de nostalgia.

A su lado izquierdo se encontraba Alberto, con su mano inerme de su mujer entre las suyas. Saludó cortésmente a Rodolfo y lo invitó a sentarse al lado derecho de la camilla. No hubo palabras que no hicieron falta. Los presentes sabían el papel que cada uno había jugado y esa tarde no hubo reproche ni lamento.

Rodolfo tomó la mano extendida y el contacto con su piel fue un corrientazo que recorrió sus memorias hasta llegar a sus ojos. Y Rodolfo lloró, lloró por el tiempo perdido, por ella, por él, por Alberto, por la culpa y por la casa en el río. Lloró porque tampoco podía hacer otra cosa.  En su último esfuerzo humano, Victoria levantó pesadamente sus manos e intentó juntarlas, giró la cabeza a ambos lados y sonrió mientras pronunciaba un “te amo” empañado de lágrimas. Victoria murió.


Todos los relatos son reales. Todos menos uno.  

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